La infancia que dejamos sola


Cada cierto tiempo vuelve el debate sobre los teléfonos móviles en la infancia y la adolescencia. Se habla de prohibirlos en las aulas, limitar las redes sociales, establecer edades mínimas o controlar el tiempo de pantalla. Son debates necesarios, pero quizá estemos mirando demasiado al objeto y demasiado poco a la realidad que lo rodea. El teléfono no llegó a un territorio vacío: encontró una infancia que, en muchos casos, estaba empezando a quedarse sola. 

Durante generaciones, buena parte del aprendizaje infantil sucedía fuera de cualquier programa educativo. Se jugaba en la calle, se conversaba durante horas, se visitaba a los familiares, se esperaba sin entretenimiento inmediato y se aprendía incluso a aburrirse. No conviene idealizar el pasado, pero sí reconocer que existían espacios de convivencia y autonomía que hoy se han reducido. El mundo digital ha ocupado, con enorme eficacia, algunos de esos lugares que nosotros mismos fuimos abandonando. 

Por eso, convertir el móvil en el único culpable resulta demasiado sencillo. Una pantalla posee una enorme capacidad de atracción, pero esa capacidad aumenta cuando encuentra cansancio, soledad, ausencia de alternativas o falta de acompañamiento. Un adolescente que pasa varias horas delante del teléfono necesita límites, sin duda, pero necesita también que alguien tenga tiempo para preguntarle qué está buscando allí. Educar no consiste únicamente en retirar aquello que distrae, sino en ofrecer algo suficientemente valioso hacia lo que dirigir la atención. 

Aquí aparece una cuestión educativa decisiva. Estamos formando generaciones sometidas a una extraordinaria competencia por su atención. Notificaciones, vídeos breves, mensajes y estímulos constantes compiten por unos segundos de concentración. Y, sin embargo, la atención es mucho más que una capacidad académica. Atender significa detenerse ante la realidad, escuchar al otro, descubrir matices, hacerse preguntas y aprender a contemplar. Una persona incapaz de sostener la atención termina encontrando dificultades no solo para estudiar, sino también para dialogar, convivir y comprender. 

La respuesta, por tanto, no puede reducirse a prohibir. Hay que recuperar experiencias: juego, deporte, lectura, conversación, música, naturaleza, asociaciones, grupos juveniles, convivencia familiar y vida comunitaria. Necesitamos devolver a niños y adolescentes espacios en los que puedan descubrir que la realidad posee una riqueza que ninguna pantalla puede sustituir. También necesitan aburrirse alguna vez. El aburrimiento, cuando no se convierte inmediatamente en consumo digital, puede abrir la puerta a la imaginación, la creatividad y la iniciativa. 

Pero sería injusto depositar toda la responsabilidad sobre las familias. La conciliación laboral, los horarios, la configuración de nuestras ciudades y determinados modelos educativos condicionan profundamente la vida cotidiana. También la escuela debe preguntarse qué experiencias ofrece. No basta con retirar el teléfono de una mesa si después llenamos la jornada de actividades incapaces de despertar curiosidad. Frente a una tecnología diseñada para capturar atención, la educación tiene que aprender nuevamente a suscitar asombro. 

Quizá, entonces, la pregunta fundamental no sea cuánto tiempo pasan nuestros hijos mirando una pantalla, sino qué encontrarían si levantaran los ojos de ella. Si encuentran adultos disponibles, conversaciones interesantes, amigos, naturaleza, libros, proyectos, responsabilidades y comunidades donde sentirse necesarios, habremos avanzado mucho. El verdadero desafío no consiste en salvar a la infancia de la tecnología, sino en evitar que la tecnología tenga que llenar la infancia que nosotros hemos dejado vacía. Porque educar sigue siendo, antes que nada, estar presentes.

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