Hay libros que confirman lo que ya sabemos y otros que consiguen que volvamos a mirar aquello que creíamos conocer. El Nuevo Testamento desde las ciencias sociales, de Esther Miquel Pericás, pertenece a los segundos. Publicado por Verbo Divino en la colección «Qué se sabe de…», propone algo tan sencillo como exigente: leer el Nuevo Testamento intentando comprender el mundo en el que nació. Antes de preguntarnos qué significa hoy una palabra de Jesús, conviene saber qué podía significar para un campesino de Galilea, una mujer de una familia mediterránea o una pequeña comunidad cristiana del siglo I.
La autora merece atención por sí misma. Esther Miquel Pericás, fallecida en 2022, fue licenciada en Matemáticas por la Universidad Complutense, realizó un máster en Harvard, estudió Filosofía, se doctoró en la Universidad Pontificia de Salamanca y amplió su formación bíblica en la École Biblique de Jerusalén. Durante años compaginó su trabajo científico como meteoróloga con la investigación sobre el Jesús histórico. Matemática, filósofa y biblista: un currículo extraordinario que explica también la originalidad de su mirada, capaz de hacer dialogar disciplinas muy diferentes sin confundirlas.
Miquel recuerda algo que olvidamos fácilmente: Jesús no habló en el vacío. Vivió en una Galilea campesina, atravesada por desigualdades económicas, en una sociedad patriarcal donde el honor, la familia, la pertenencia al grupo, el patronazgo, las deudas y la exclusión social tenían una importancia enorme. Cuando reconstruimos aquel universo, muchas páginas evangélicas recuperan una intensidad que una lectura demasiado familiar había suavizado. Jornaleros, propietarios, acreedores, enfermos, comidas compartidas, familias y marginados dejan de ser simples decorados literarios.
Y ahí el libro ayuda a reconocer algunas certezas fundamentales acerca del Jesús histórico. Detrás de las elaboraciones posteriores encontramos con notable consistencia a un judío galileo, profundamente inserto en la cultura y la religión de su pueblo; un predicador que anunció el Reino de Dios, reunió discípulos y desarrolló una actividad pública que sus contemporáneos relacionaron con curaciones y exorcismos. También aparece con fuerza su proximidad a personas social o moralmente desacreditadas. No es el personaje cómodo que cada época podría inventar a su medida, sino alguien arraigado profundamente en las tensiones concretas de su tiempo.
Tal vez una de las certezas más sugerentes sea precisamente esta: Jesús atravesó fronteras sociales que entonces resultaban significativas. Comer con determinadas personas, tocar ciertos cuerpos, acercarse a quienes quedaban fuera de los círculos respetables o relativizar determinadas formas de prestigio no eran simples gestos de amabilidad. Tenían una dimensión pública. Vistos desde aquel contexto, algunos comportamientos de Jesús adquieren una capacidad de provocación que nuestra lectura actual puede perder. Así comprendemos mejor por qué despertó entusiasmo en unos e inquietud y rechazo en otros.
Nada de esto demuestra la fe cristiana, y conviene decirlo. La investigación histórica no puede probar aquello que pertenece a la confesión de fe. Pero tampoco permite sostener seriamente que nada sabemos de Jesús. Sabemos que existió, que fue judío, que desarrolló una actividad pública, que anunció el Reino de Dios, que reunió seguidores, que sus gestos y palabras suscitaron un movimiento y que murió crucificado bajo la autoridad romana. Entre el fundamentalismo que convierte los Evangelios en una crónica periodística y el escepticismo que reduce a Jesús a una construcción literaria existe un amplio territorio de conocimiento histórico riguroso.
Por eso merece la pena leer este libro. Las ciencias sociales no hacen más pequeño el Evangelio; permiten descubrir aspectos de él que pueden quedar ocultos a una mirada contemporánea. Esther Miquel comprendió que respetar un texto antiguo exige tomarse en serio la realidad humana en la que nació. Y quizá esa sea también su mejor invitación: cuanto mejor conocemos el mundo de Jesús, menos abstracto se vuelve Jesús mismo. Vuelve a aparecer entre caminos, casas, enfermos, campesinos, poderosos y excluidos. Y entonces aquellas páginas escritas hace dos mil años recuperan algo de su capacidad original para sorprender, incomodar y fascinar.
Muy interesante. Un contexto a tener en cuenta Muchas gracias
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