Cada vez que aparece un nuevo informe PISA repetimos el mismo ritual. Buscamos nuestro puesto, miramos quién está por encima y quién por debajo y durante unas horas la educación ocupa los titulares. Los datos conocidos esta semana no son buenos. Canarias continúa por debajo de la media española en lectura, matemáticas y ciencias. Y España tampoco sale bien parada. Podemos discutir algunos puntos arriba o abajo, pero cuesta negar la evidencia: tenemos un problema.
Después comienza el reparto de culpas. El Gobierno habla de condicionantes sociales; la oposición culpa al Gobierno; unos señalan a los profesores, otros a las familias, a las leyes educativas o a los teléfonos móviles. En pocos días habremos encontrado muchos responsables y probablemente pocas soluciones. Quizá esta vez podríamos hacernos una pregunta diferente: no solo qué le pasa a la escuela, sino qué nos está pasando como sociedad. Porque esos adolescentes no llegaron de otro planeta. Los hemos educado nosotros.
Hay, además, algo que debería impedirnos despreciar a esta generación. Los jóvenes siguen mostrando curiosidad y deseo de aprender. El problema quizá esté en otro lugar. Queremos que aprendan a concentrarse mientras viven en un mundo diseñado para distraerlos. Les pedimos que lean despacio mientras nosotros consumimos titulares. Queremos que argumenten mientras buena parte de la conversación pública consiste en consignas. Comprender sigue necesitando tiempo, precisamente lo que nuestra sociedad parece cada vez menos dispuesta a conceder.
Tampoco creo que debamos convertir ahora al móvil o a la inteligencia artificial en los nuevos culpables universales. Son herramientas extraordinarias. La cuestión es qué hacemos con ellas. Si sirven para buscar, contrastar, descubrir y formular mejores preguntas, ampliarán nuestras posibilidades. Si las utilizamos para evitar leer, escribir, calcular o pensar, estaremos empleando una tecnología prodigiosa para ahorrarnos justamente aquello que nos permite aprender.
En Canarias debemos introducir otra consideración. Nuestros alumnos parten, en conjunto, de condiciones socioeconómicas y culturales más desfavorables que las de otros territorios. Y eso también entra en el aula. No aprende en las mismas condiciones quien tiene estabilidad, libros, espacio y acompañamiento que quien vive rodeado de precariedad. Reconocerlo no significa resignarnos. Al contrario: significa comprender por qué Canarias necesita una escuela especialmente fuerte, capaz de compensar desigualdades y no simplemente de certificarlas.
Tal vez mejorar la educación sea bastante menos espectacular que aprobar otra ley. Leer más y comprender lo leído. Escribir y ordenar el pensamiento. Resolver problemas sin abandonar a la primera dificultad. Preguntar por qué ocurren las cosas. Detectar pronto al alumno que empieza a quedarse atrás. Dar autoridad y tiempo al profesor para enseñar. Y recuperar en las familias una responsabilidad que no podemos delegar enteramente en la escuela. Nada de esto produce resultados inmediatos, pero pocas cosas importantes los producen.
Dentro de unos años volverá PISA y volveremos a mirar las cifras. Pero sería una pena esperar hasta entonces para entender lo que estos resultados nos dicen. PISA no examina solamente a nuestros adolescentes. De alguna manera examina también a los adultos: nuestras prioridades, nuestra relación con la lectura, con el esfuerzo, con el conocimiento y con el tiempo. Pensábamos que PISA iba a traernos una fotografía de nuestros alumnos y resulta que nos ha puesto un espejo delante.
Comentarios
Publicar un comentario