Cuando saber vuelve a ocupar lugar



Antonio Muñoz Molina titulaba hace unos días una de sus columnas en El País con una expresión provocadora: «El saber ya no ocupa lugar». La inversión del viejo refrán encierra algo más que una ocurrencia literaria. Vivimos rodeados de información, tenemos bibliotecas enteras en el bolsillo y podemos consultar en segundos aquello que antes exigía horas de búsqueda. Y, sin embargo, nunca ha sido tan evidente que disponer de información no equivale necesariamente a saber.

Muñoz Molina pone el dedo en algunas heridas conocidas de nuestro sistema educativo: la sucesión interminable de reformas, el lenguaje pedagógico convertido a veces en jerga, el desprestigio de la memoria, la dificultad creciente para mantener la atención y cierta sospecha hacia todo aquello que exige esfuerzo. Podremos discutir alguno de sus diagnósticos, pero resulta difícil negar la pregunta fundamental: ¿estamos enseñando verdaderamente a nuestros jóvenes a comprender el mundo?

Porque educar no consiste solamente en transmitir contenidos, pero tampoco puede hacerse sin ellos. No se aprende a pensar pensando en el vacío. Para relacionar, juzgar, distinguir y crear hace falta disponer previamente de palabras, acontecimientos, conceptos, fechas, relatos y referencias. La creatividad necesita materiales. Hasta la imaginación más libre necesita una realidad desde la que levantar el vuelo.

Hay además algo particularmente inquietante: la crisis de la atención. Simone Weil llegó a considerar la atención como una de las formas más puras de generosidad. Atender significa salir momentáneamente de uno mismo para dejar que algo —un texto, una persona, un paisaje, una pregunta— pueda hablarnos. Una educación incapaz de enseñar a detenerse, escuchar y mirar corre el riesgo de producir individuos permanentemente estimulados y, al mismo tiempo, profundamente distraídos.

Muñoz Molina se ha declarado ateo, y precisamente por ello resulta interesante descubrir en su escritura una sensibilidad que no es ajena a ciertas preguntas espirituales. Ha leído autores como Thomas Merton y reconoce el espesor moral que determinadas tradiciones religiosas han aportado a nuestra cultura. Quizá porque la cuestión decisiva no consiste solamente en saber muchas cosas, sino en preguntarnos para qué queremos conocer y qué hacemos con aquello que conocemos.

La tradición cristiana entendió siempre el conocimiento unido al asombro. Conocer no era apropiarse de la realidad, sino acercarse a ella con respeto. Por eso la educación necesita recuperar algo de contemplación: aprender a mirar una obra de arte sin pasar inmediatamente a otra imagen, leer una página sin consultar tres veces el teléfono, escuchar a alguien hasta el final o permanecer ante una pregunta sin exigir una respuesta instantánea. Tal vez ahí comience nuevamente la verdadera cultura.

El problema educativo, por tanto, no puede descargarse exclusivamente sobre profesores, familias, políticos o alumnos. Nos concierne a todos. Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de comprender, argumentar y distinguir lo verdadero de lo aparente. Recuperar el valor del saber no significa regresar nostálgicamente a otra época. Significa recordar algo mucho más sencillo: que aprender requiere atención, esfuerzo, curiosidad y maestros capaces de despertar el deseo de conocer. El saber debería volver a ocupar lugar: mucho lugar, precisamente porque nos ayuda a encontrar nuestro lugar en el mundo.

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