La fe de los ateos


Hay títulos que contienen ya una provocación. La fe de los ateos, de Boyer Tresaco, es uno de ellos. Basta leer esas cuatro palabras para que algo se remueva. Estamos acostumbrados a pensar que la fe pertenece al creyente y que el ateo permanece al otro lado, en el territorio despejado de la razón. Uno cree; el otro, sencillamente, no cree. Pero quizá las cosas no sean tan fáciles. Porque también quien niega tiene que hacerse una idea de aquello que niega y, sobre todo, de la realidad desde la que lo niega. 

Durante mucho tiempo la discusión sobre Dios se ha planteado como un combate de argumentos. El creyente debía demostrar que Dios existe; el ateo esperaba tranquilamente al otro lado de la mesa. Si la prueba no llegaba, parecía ganar la partida. El título de Tresaco introduce una incomodidad interesante: ¿por qué solamente uno de los dos tiene que explicar su posición? Afirmar que Dios no existe tampoco es permanecer en silencio. Es decir algo acerca de la estructura última de la realidad. 

Sin embargo, quizá todavía estemos planteando mal el problema. Javier Zubiri enseñó que la cuestión de Dios no comienza preguntando si Dios existe. Empieza mucho antes. Empieza cuando un ser humano abre los ojos y descubre que está en una realidad que no ha fabricado, que lo sostiene y al mismo tiempo lo desborda. Antes de nuestras teorías, antes de nuestras iglesias y antes también de nuestros ateísmos, está la realidad. Y nosotros estamos inexorablemente instalados en ella. 

Zubiri llamó «religación» a esa condición radical. La palabra puede despistar porque suena inmediatamente a religión, pero significa algo anterior. El creyente está religado a la realidad, pero también lo está el ateo. Y el agnóstico. Todos tienen que hacerse cargo de la misma existencia recibida, de la misma muerte inevitable, de la misma necesidad de amar, decidir, esperar, equivocarse y comenzar de nuevo. Lo que cambia es la respuesta que cada uno ofrece cuando pregunta por el fundamento último de todo eso. 

Por eso quizá no sea exacto decir que los ateos tienen otra fe. La frase funciona magníficamente como provocación, pero filosóficamente podemos avanzar un poco más. El ateísmo no es necesariamente una religión disfrazada ni una fe clandestina. Es otra respuesta posible ante una misma experiencia radical de realidad. Y eso modifica mucho el diálogo. Ya no se trata de decir al otro: «Tú también crees aunque no quieras reconocerlo». Se trata de preguntarnos juntos: «¿Qué estamos encontrando en la realidad para que tú acabes diciendo que Dios no existe y yo termine pronunciando su nombre?». 

Aquí la Reología filosófica introduce todavía otra exigencia: antes que nuestras ideas está lo real. Las ideas son necesarias, pero deben rendir cuentas ante la realidad que pretenden explicar. También las ideas religiosas. También las ateas. El creyente puede construir un Dios demasiado cómodo para que sea verdadero; el ateo puede construir un concepto demasiado pobre de Dios para que merezca la pena negarlo. Ambos pueden terminar discutiendo sobre representaciones mientras la realidad permanece silenciosamente delante de ellos. 

Quizá por eso las conversaciones más hondas sobre Dios no ocurren siempre en los libros de teología. A veces suceden junto a una cama de hospital, ante el nacimiento de un hijo, acompañando a alguien que muere, contemplando el océano o experimentando la injusticia. Hay momentos en los que la realidad adquiere una densidad extraña y las grandes palabras vuelven a hacerse preguntas. ¿Por qué existe algo y no nada? ¿Por qué merece la pena amar cuando amar puede doler? ¿De dónde procede esa obstinación humana por esperar incluso cuando todo parece perdido? 

Creyentes y ateos pueden responder de manera diferente. Y seguramente seguirán haciéndolo. Pero tal vez el verdadero diálogo comience cuando ninguno pretenda situarse fuera de la realidad para juzgar al otro. Porque ambos están dentro, alcanzados por ella, obligados a responder. Quizá la frontera más interesante no pase finalmente entre quienes tienen fe y quienes no la tienen, sino entre quienes se dejan interpelar por lo real y quienes prefieren encerrarlo demasiado pronto en una respuesta. Y entonces la pregunta decisiva deja de ser quién gana la discusión sobre Dios. La pregunta es mucho más incómoda y mucho más hermosa: ¿qué está dando de sí la realidad ante nuestros ojos?

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