En defensa de la buena pereza


Vivimos en una época que ha convertido el “estar ocupado” en una virtud. Quien no tiene la agenda llena parece sospechoso; quien dispone de tiempo para contemplar, leer, pensar o simplemente pasear da la impresión de estar desperdiciando la vida. Hemos elevado la productividad a categoría moral y confundido el descanso con la inutilidad. Tal vez haya llegado el momento de rehabilitar una palabra injustamente condenada: la pereza. 

Naturalmente, no hablo de esa dejadez que conduce a incumplir las obligaciones o a abandonar las responsabilidades. Esa pereza existe y termina empobreciendo a quien la practica. Me refiero a otra realidad muy distinta: la capacidad de detenerse, de no dejarse arrastrar continuamente por la urgencia, de recuperar un ritmo verdaderamente humano. En ocasiones llamamos pereza a lo que, en realidad, es necesidad de silencio. 

Las mejores ideas de la humanidad no nacieron delante de una hoja de cálculo ni respondiendo mensajes de madrugada. Surgieron durante un paseo, en una conversación tranquila, contemplando el mar, leyendo sin prisas o permaneciendo largo rato ante una obra de arte. La inteligencia necesita espacios vacíos igual que la tierra necesita barbecho para volver a dar fruto. Un pensamiento agotado difícilmente puede ser un pensamiento creativo. 

La tradición cristiana habló de la acedia como uno de los grandes peligros del ser humano. Pero la acedia no era simplemente descansar. Era perder el gusto por el bien, dejar de amar aquello que merece la pena, vivir sin ilusión ni esperanza. Confundir esa enfermedad del espíritu con la serenidad del descanso ha sido uno de nuestros mayores equívocos culturales. Descansar puede ser un acto de responsabilidad; abandonar el propio deber nunca lo será. 

La tecnología ha complicado todavía más este panorama. Hoy no solo trabajamos muchas horas; además, nunca dejamos de trabajar del todo. El teléfono nos acompaña a todas partes, las notificaciones colonizan cualquier momento de silencio y la sensación de urgencia permanente acaba robándonos la atención. Paradójicamente, cuanto más conectados estamos, menos tiempo tenemos para pensar con profundidad. 

Quizá por eso educar no consiste únicamente en enseñar a hacer cosas, sino también en enseñar a detenerse. Un niño que aprende a contemplar un paisaje, a escuchar con calma, a leer sin ansiedad o a hacerse preguntas importantes está adquiriendo una competencia decisiva para toda la vida. La educación del futuro no necesitará solo personas eficientes; necesitará personas capaces de pensar con criterio. 

Las Ciencias Sociales lo saben bien. Ninguna sociedad ha progresado únicamente por trabajar más horas. Ha avanzado cuando alguien encontró tiempo para imaginar una solución distinta, para cuestionar lo establecido o para descubrir una nueva manera de comprender al ser humano. La creatividad siempre ha necesitado un cierto margen de aparente inutilidad. Solo quien no está esclavizado por la prisa puede mirar más lejos. 

Tal vez no necesitemos reivindicar la pereza, sino algo todavía más valioso: el derecho a una vida con pausas. Recuperar el silencio, la contemplación, la conversación sin reloj, la lectura reposada y el descanso inteligente no nos hará menos eficaces. Al contrario. Nos devolverá aquello que la velocidad amenaza con arrebatarnos: la capacidad de pensar, de admirarnos y, en definitiva, de vivir con verdadera profundidad. Porque hay una pereza que destruye, pero también existe un descanso fecundo del que nacen las mejores ideas y las decisiones más humanas.

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