Hay frases que resultan interesantes no tanto por lo que dicen como por quién las pronuncia. Michael Ruse, uno de los más reconocidos filósofos contemporáneos de la biología y estudioso del darwinismo, ha sostenido una afirmación tan sencilla como desconcertante: «No hay Dios, no hay Jesús como su hijo, no hay resurrección, no hay vida eterna: no hay cristianismo». Lo sorprendente es que Ruse no es un apologeta cristiano. Es un pensador no creyente. Precisamente por eso sus palabras tienen una especial fuerza: desde fuera de la fe parece comprender algo que, algunas veces, quienes estamos dentro podemos olvidar.
Durante demasiado tiempo hemos presentado como inevitable el enfrentamiento entre ciencia y religión. Darwin habría venido a expulsar a Dios de la naturaleza y la evolución habría convertido la creación en una vieja explicación innecesaria. Ruse conoce demasiado bien la historia de la ciencia para aceptar una simplificación semejante. Una cosa es sostener que las especies evolucionan mediante procesos naturales y otra muy distinta afirmar que esos procesos demuestran que Dios no existe. La ciencia puede explicar mecanismos, relaciones y transformaciones; pero no por ello queda resuelta la pregunta radical acerca del fundamento y del sentido de cuanto existe.
Ruse se ha enfrentado, por eso, a dos fundamentalismos de signo contrario. Por un lado, al creacionismo que pretende hacer de determinados textos bíblicos un manual científico. Por otro, al cientificismo que convierte la ciencia en una metafísica y pretende obtener de una teoría biológica conclusiones sobre Dios, el sentido o la totalidad de la existencia. Los extremos terminan pareciéndose: ambos quieren que una sola forma de conocimiento responda todas las preguntas. Pero la realidad suele ser más grande que nuestras ideologías.
Lo verdaderamente sugerente aparece cuando este filósofo no creyente se acerca al cristianismo. Ruse entiende que el cristianismo no puede reducirse a una colección de buenos sentimientos. Podemos admirar a Jesús, defender la fraternidad, cuidar a los pobres y promover la paz; todo ello es profundamente cristiano, pero todavía no constituye por sí solo la fe cristiana. En su corazón existe una afirmación mucho más atrevida: que en Jesús de Nazaret Dios ha entrado en la historia y que aquel crucificado vive. San Pablo lo expresó sin rodeos: si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana.
Quizá aquí se encuentre una de las tentaciones de nuestro tiempo: conservar el perfume del cristianismo después de haber vaciado el frasco. Queremos sus valores, pero nos incomodan sus afirmaciones; nos gusta la fraternidad, pero dudamos de la filiación; celebramos la Navidad, pero nos cuesta la Encarnación; admiramos la cruz como símbolo de entrega, pero evitamos hablar de la Resurrección. El resultado puede ser una hermosa ética humanista, incluso una cultura impregnada de memoria cristiana, pero Ruse tiene razón en algo elemental: eso ya no sería propiamente cristianismo.
Naturalmente, reconocer cuál es el núcleo de una fe no significa demostrar que sea verdadero. Ruse precisamente no da ese paso. Su gran dificultad ante Dios procede, entre otras razones, del problema del sufrimiento: ¿cómo hablar de un Dios bueno contemplando una naturaleza donde vivir significa también morir, competir, enfermar y sufrir? Es una pregunta inmensa que ninguna teología debería despachar con respuestas fáciles. Algo semejante ocurre con la moral: la evolución puede ayudarnos a comprender cómo aparecieron comportamientos de cooperación, cuidado o altruismo, pero explicar cómo surgió nuestra conciencia moral no equivale a decidir qué hace que algo sea justo o injusto. Saber cómo hemos adquirido ojos no convierte en ilusoria la realidad que vemos; conocer el origen evolutivo de nuestra capacidad para reconocer al otro tampoco convierte al otro ni a su dignidad en una ficción.
Tal vez por eso merece la pena escuchar a Michael Ruse. No porque conduzca necesariamente hasta Dios, sino porque nos devuelve a la honestidad de las preguntas. Le recuerda a los científicos que la ciencia tiene fronteras; a los creyentes, que la fe no necesita temer a Darwin; a los ateos, que el ateísmo tampoco puede disfrazarse de resultado científico; y a los cristianos, algo todavía más incómodo: que no podemos rebajar indefinidamente aquello que afirmamos creer. Resulta paradójico que sea un filósofo no creyente quien tenga que recordárnoslo. No cree que Cristo haya resucitado, pero ha comprendido perfectamente que, si Cristo no ha resucitado, el cristianismo pierde aquello que lo hace cristianismo.
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