Cuando se cuenta la historia del reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, la mirada suele cruzar inmediatamente el Atlántico y detenerse en América. Aparecen entonces los nombres de Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas o la Escuela de Salamanca. Pero quizá convenga detener el barco un poco antes. Antes de llegar al Nuevo Mundo estaban las Canarias. Y en estas islas, durante el siglo XV, Europa comenzó a encontrarse con algunas preguntas que después adquirirían dimensiones universales: ¿puede conquistarse a un pueblo porque no comparte nuestra fe?, ¿tiene el diferente derecho a conservar su libertad y sus bienes?, ¿hasta dónde llega el poder del conquistador?
No fueron preguntas de biblioteca. Surgieron entre desembarcos, conversiones, capturas y mercados de esclavos. En 1434, cuando todavía faltaban casi sesenta años para el primer viaje de Colón, diversos documentos pontificios intervinieron en el conflicto canario protegiendo a los indígenas y reclamando la devolución de la libertad y de los bienes a quienes habían sido injustamente esclavizados. Poco después, la conocida Sicut dudum reforzó aquella defensa. Aquellos textos estaban todavía lejos de una declaración moderna de derechos humanos, naturalmente, pero contenían una semilla extraordinaria: frente al interés del poderoso podía levantarse la dignidad de quien parecía no tener poder alguno.
Canarias entró también muy pronto en las aulas y despachos de los juristas. Alonso de Cartagena, que había estudiado en Salamanca, escribió hacia 1436 sus Allegationes sobre la conquista de las Islas Canarias en medio de la disputa entre Castilla y Portugal. Lo decisivo no es convertirlo artificialmente en un Vitoria anticipado, sino advertir que ya estaban sobre la mesa las grandes cuestiones que después madurarían: el dominio, la jurisdicción, la condición del no cristiano, la legitimidad de la conquista, la guerra y los títulos con los que una potencia europea pretendía disponer de otros pueblos. Canarias estaba obligando al pensamiento europeo a pensar.
Y hay episodios todavía más elocuentes. En 1477 y 1478, la esclavización de indígenas gomeros provocó la intervención del obispo Juan de Frías y terminó con disposiciones que ordenaban devolverles la libertad. Detrás de los grandes conceptos jurídicos había entonces hombres, mujeres y niños concretos que podían ser vendidos lejos de su tierra. Ahí reside quizá lo más importante de esta historia. Los derechos no nacen primero como palabras hermosas escritas en un tratado; nacen cuando alguien mira al desposeído y se atreve a decirle al poderoso que no todo lo que puede hacer tiene derecho a hacerlo.
Décadas después, Francisco de Vitoria formularía en Salamanca, con una profundidad extraordinaria, sus reflexiones sobre los indígenas americanos, el dominio, la guerra justa y las relaciones entre los pueblos. Pero aquellas preguntas no habían nacido de la nada. El Atlántico llevaba un siglo planteándolas. Canarias había sido uno de sus primeros escenarios. Por eso parece razonable hablar de una especie de prehistoria canaria de la Escuela de Salamanca: no porque Vitoria copiara soluciones elaboradas en las Islas, sino porque algunos de los problemas humanos y jurídicos que él convertiría en pensamiento universal ya se habían manifestado aquí con toda su crudeza.
Nada de esto debe servir para embellecer la conquista. Hubo violencia, sometimiento, esclavitud e innumerables contradicciones entre lo proclamado y lo realizado. Precisamente por eso esta historia resulta tan actual. Los avances morales de la humanidad casi nunca aparecen en sociedades impecables, sino en medio de sus contradicciones. Al mismo tiempo que se conquistaba se discutían los límites de la conquista; mientras algunos esclavizaban, otros exigían liberar; junto a la lógica de la fuerza comenzaba trabajosamente a abrirse paso la lógica del derecho. Tal vez la civilización consista justamente en eso: en aprender poco a poco que la fuerza necesita límites y que el otro posee una dignidad que no depende de nuestra voluntad.
Canarias puede contemplar, por tanto, su pasado con algo más que nostalgia o culpabilidad. Estas islas fueron frontera geográfica, pero también frontera intelectual; lugar de conquista, ciertamente, pero asimismo territorio donde comenzaron a formularse preguntas decisivas sobre la libertad, la dignidad y los límites del poder. Nos gusta decir que Canarias ha sido siempre puente entre continentes. Quizá debamos añadir que también fue un puente entre dos maneras de entender al ser humano: como alguien de quien se puede disponer o como alguien cuya dignidad precede al poder. Antes de que Salamanca mirara hacia las Indias, Europa ya había tenido que mirarse en el espejo de Canarias.
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