UNA CIUDAD QUE SIGUE FUNDÁNDOSE


Hay aniversarios que invitan a mirar hacia atrás. Otros, en cambio, obligan a preguntarnos hacia dónde queremos caminar. Esta semana, San Cristóbal de La Laguna celebra el 530 aniversario de su fundación. Más de cinco siglos después, quizá la mejor manera de honrar aquella decisión no sea recordar únicamente una fecha, sino preguntarnos si seguimos siendo capaces de fundar ciudad cada día. 

La Laguna no nació junto al mar, como tantas ciudades atlánticas. Nació tierra adentro, alrededor de una laguna que hoy ya no existe, pero cuya memoria permanece en el nombre. Fue una apuesta por un modo de organizar la convivencia. Desde muy pronto se convirtió en lugar de encuentro entre instituciones, cultura y fe. Aquí se estableció el primer Cabildo de la isla; aquí encontró su sede la diócesis nivariense; aquí comenzó a crecer una universidad que ha terminado formando a generaciones de canarios. No son solo edificios. Son maneras de entender el servicio a la sociedad. 

Pocas ciudades pueden decir que han sido, al mismo tiempo, capital política, capital religiosa y capital universitaria. En La Laguna esas tres vocaciones no compiten entre sí: se complementan. Gobernar, pensar y creer han convivido durante siglos en las mismas calles. Quizá ahí resida una de las claves de su identidad: una ciudad donde las instituciones no deberían levantar muros, sino tender puentes. 

Cuando la UNESCO declaró a La Laguna Patrimonio Mundial, no estaba premiando únicamente la belleza de sus calles o el valor de sus fachadas. Reconocía un modelo de ciudad. Un espacio urbano concebido a escala humana, donde las plazas invitan al encuentro, las calles se recorren caminando y el patrimonio no es una pieza de museo, sino un escenario para la vida cotidiana. El verdadero patrimonio de La Laguna no son solo sus piedras; son las personas que siguen llenándolas de vida. 

Toda ciudad corre el riesgo de acostumbrarse a sí misma. Los laguneros pasamos cada día junto a edificios que miles de visitantes contemplan con asombro. Tal vez necesitemos aprender a mirar nuestra ciudad con ojos de quien la descubre por primera vez. Porque solo se cuida aquello que primero se admira. 

Cumplir 530 años no significa vivir del pasado. Al contrario. Significa asumir la responsabilidad de seguir escribiendo una historia que todavía no ha terminado. La Laguna tiene hoy nuevos desafíos: cuidar su patrimonio sin convertirlo en un decorado, seguir siendo una ciudad universitaria abierta al pensamiento, fortalecer su comercio, proteger a quienes más lo necesitan y hacer compatible la vida de sus vecinos con la acogida de quienes la visitan. 

Las ciudades no se sostienen únicamente sobre sus cimientos. Se sostienen sobre los valores que las habitan. Cada generación recibe una ciudad y la entrega a la siguiente un poco mejor o un poco peor. Esa es la verdadera fundación que nunca termina. 

Quizá por eso el mejor homenaje a estos 530 años no consista solo en celebrar lo que fuimos, sino en comprometernos con lo que queremos ser. Porque una ciudad patrimonio no es únicamente la que conserva su historia. Es, sobre todo, la que sigue siendo capaz de ofrecer futuro.

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