Una de las primeras tareas del ser humano consiste en poner nombre a las cosas. El niño aprende el mundo pronunciándolo. Pregunta cómo se llama aquello que ve, señala los objetos y espera que alguien le entregue una palabra. Al nombrar, la realidad deja de ser una presencia confusa y comienza a adquirir forma, cercanía y significado. Aprendemos a habitar el mundo cuando aprendemos a decirlo.
El nombre no es una simple etiqueta adherida desde fuera. Nombrar supone distinguir, reconocer, establecer relaciones. Cuando damos nombre a algo, lo rescatamos de la indiferencia y lo incorporamos a nuestro horizonte de comprensión. Aquello que no sabemos nombrar suele permanecer borroso, lejano o incluso amenazante. Por eso las palabras no solo expresan lo que conocemos: también hacen posible que lleguemos a conocerlo.
La pobreza del lenguaje conduce muchas veces a una pobreza de la mirada. Cuando utilizamos una misma palabra para designar realidades muy distintas, dejamos de advertir sus matices. No es lo mismo tristeza que melancolía, cansancio que desaliento, silencio que ausencia, soledad que abandono. Cuanto mejor nombramos lo que vivimos, mejor podemos comprenderlo, comunicarlo y, en ocasiones, sanarlo. Encontrar la palabra adecuada es ya una forma de poner orden en la experiencia.
También resulta decisivo el modo en que nombramos a los demás. No es indiferente llamar a alguien por su nombre o reducirlo a una función, a un defecto, a una ideología o a una circunstancia. El lenguaje puede reconocer la dignidad o puede ocultarla. A veces condenamos a las personas mediante nombres que se convierten en sentencias: el torpe, la problemática, el inmigrante, el enfermo, el viejo, el enemigo. Cuando el nombre se transforma en etiqueta, dejamos de ver a la persona y comenzamos a tratar únicamente con la imagen que hemos construido de ella.
Pero tan importante como nombrar es ser nombrado. Nuestra identidad se va configurando a través de las palabras que otros pronuncian sobre nosotros. Crecemos bajo la influencia de quienes nos dicen que somos capaces, dignos de confianza y merecedores de amor, pero también podemos quedar heridos por palabras que nos empequeñecen. Hay nombres que abren caminos y nombres que levantan muros. Una palabra dicha a tiempo puede despertar una vocación; una palabra injusta puede acompañar dolorosamente durante toda una vida.
Fray Luis de León comprendió con profundidad esta densidad del lenguaje. En Los nombres de Cristo no ofrece una mera colección de títulos religiosos. Cada nombre descubre un aspecto del misterio de Cristo y, al mismo tiempo, revela algo de la condición humana. Pastor, Camino, Esposo, Príncipe de la paz, Cordero o Hijo no son adornos literarios. Son perspectivas desde las que la realidad de Cristo se deja conocer sin quedar nunca agotada. Ningún nombre lo encierra, pero cada uno permite acercarse a su verdad.
Al terminar estos días un curso dedicado precisamente a Los nombres de Cristo, pienso también en la fidelidad de quienes han participado en él. En su escucha, en sus preguntas, en el esfuerzo de acudir a cada encuentro y en la voluntad de seguir aprendiendo. Un profesor enseña palabras y conceptos, pero recibe de sus alumnos algo igualmente valioso: la confirmación de que todavía merece la pena detenerse a pensar, leer despacio y buscar el nombre verdadero de las cosas.
Quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consista precisamente en volver a nombrar bien la realidad. Llamar verdad a la verdad, injusticia a la injusticia, belleza a la belleza y persona a toda persona. Recuperar palabras que no oculten, manipulen o dividan, sino que permitan reconocer. Porque nombrar bien es también mirar bien. Y quien aprende a mirar y a nombrar con verdad comienza, casi sin darse cuenta, a cuidar aquello que ha aprendido a reconocer.
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