ESPAÑA EN LLAMAS


La imagen de España en llamas se ha convertido, un verano más, en un espejo incómodo. Bosques reducidos a cenizas, pueblos desalojados, carreteras cortadas y hombres y mujeres luchando contra un enemigo que avanza impulsado por el viento y la sequía. En Canarias conocemos bien esa sensación. La hemos vivido en nuestra propia tierra y sabemos que, cuando el fuego pasa, no solo desaparecen los árboles: también se quema una parte de nuestra memoria. 

Lo preocupante es que seguimos reaccionando siempre igual. Mientras las llamas avanzan, admiramos el trabajo heroico de los equipos de emergencia. Cuando todo termina, comienza el reparto de culpas. Que si la administración, que si el cambio climático, que si la falta de limpieza de los montes, que si la imprudencia de alguien. Casi nunca falta un responsable. Lo que escasea es la responsabilidad compartida. 

Es verdad que las administraciones tienen el deber de planificar, prevenir y dotar de medios suficientes. Pero también es cierto que una sociedad madura no puede vivir esperando que otros resuelvan todos los problemas. El cuidado del territorio empieza mucho antes del verano y compromete a quienes gobiernan, a quienes trabajan el campo y también a quienes simplemente disfrutamos de la naturaleza. 

El papa Francisco popularizó una expresión que va mucho más allá del ámbito religioso: la casa común. No hablamos solo del planeta como concepto abstracto, sino del lugar concreto donde vivimos. Nuestra isla, nuestros montes, nuestros barrancos. Lo común suele ser también lo más descuidado, precisamente porque pensamos que pertenece a todos… y, por tanto, a nadie. 

Hay un viejo principio que convendría recuperar: es más inteligente prevenir que lamentar. La prevención no suele ocupar titulares, porque consiste en limpiar montes, gestionar el territorio, mantener caminos, apoyar a quienes viven del campo y educar en el respeto por la naturaleza. Son tareas silenciosas, poco vistosas y sin rédito inmediato, pero son las que verdaderamente evitan que el verano se convierta, año tras año, en una sucesión de tragedias. 

Quizá el mayor incendio sea esa forma de pensar. La que nos lleva a indignarnos durante unos días y a olvidar durante el resto del año. La que convierte cada tragedia en un debate político antes que en una ocasión para aprender. La que busca culpables antes que soluciones. 

España volverá a teñirse de verde. La naturaleza posee una admirable capacidad de renacer. La pregunta es si nosotros aprenderemos también. Porque apagar un incendio es una hazaña; evitarlo es una cultura. Y esa cultura solo nace cuando comprendemos que cuidar la casa común no es una tarea de otros. Es una responsabilidad de todos.

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