Treinta y cinco años. Lo escribo y todavía me parece una cifra ajena. El 7 de junio de 1991 fui ordenado sacerdote junto a otros compañeros por don Damián Iguacen. Hoy, al volver la vista atrás, solo encuentro motivos para dar gracias a Dios. Gracias por tantos rostros, tantas historias compartidas, tantos momentos de gracia que han pasado por mis manos sin pertenecerme nunca. Y también perdón. Perdón por las veces en que no he estado a la altura del don recibido, por las ocasiones en que mis límites han oscurecido la grandeza de la llamada. El sacerdocio siempre me ha sobrepasado, y quizás ahí reside una de sus verdades más profundas.
Si volviera a empezar, volvería a decir sí. No porque haya sido un camino fácil ni porque todo haya salido como imaginaba, sino porque he descubierto que la fidelidad de Dios es más grande que nuestras fragilidades. Volvería a elegir ser sacerdote porque, a pesar de mis insuficiencias, he sido testigo de cómo el Señor sigue obrando en medio de su pueblo. He comprobado que el Evangelio continúa siendo una buena noticia y que merece la pena gastar la vida para que otros puedan encontrarse con Cristo.
Con frecuencia he pensado que ser sacerdote se parece a un niño que se viste con la ropa de su padre. La chaqueta le queda grande, las mangas le sobran, los zapatos le hacen tropezar y, visto desde fuera, puede parecer incluso algo ridículo. Así vivimos el ministerio quienes sabemos que nunca llegaremos a llenar completamente aquello que se nos ha confiado. El sacerdocio siempre es más grande que quien lo recibe. Ninguno consigue abarcarlo del todo. Ninguno puede apropiarse de él. Lo llevamos sobre los hombros con la conciencia de que nos excede y nos supera.
Por eso este ministerio solo puede vivirse en comunión. Necesitamos a nuestros hermanos sacerdotes, copresbíteros que comparten las mismas alegrías, las mismas luchas y la misma esperanza. Juntos intentamos servir a Jesucristo y a su Iglesia, sabiendo que la obra es suya y no nuestra. Treinta y cinco años después sigo sintiéndome aquel niño que viste una ropa demasiado grande, pero también sigo experimentando la alegría de saber que es el Padre quien sostiene cada paso. Y por eso, si volviera a empezar, volvería a elegir ser sacerdote.
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