Hay imágenes que no se limitan a representar un misterio, sino que lo convocan. El cartel de esta Semana Santa lagunera no es solo una composición artística: es una teología pintada que dialoga con la ciudad. En el centro, la Pasión; en el trasfondo, el escudo con el arcángel San Miguel; a los lados, las torres que configuran el perfil inconfundible de San Cristóbal de La Laguna. Todo parece decir que la fe no es un recuerdo del pasado, sino una forma de habitar el presente.
Cristo aparece en el corazón del escudo, como si la identidad misma de la ciudad quedara atravesada por su cruz. No es un adorno devocional, sino una afirmación silenciosa: el dolor humano, asumido y redimido, forma parte de nuestra historia común. La sangre que brota no dramatiza, sino que revela. Revela que el amor verdadero no huye del sufrimiento, sino que lo transforma. “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5), escribe san Pablo; y esa invitación no se dirige solo al creyente individual, sino a la comunidad entera.
El arcángel sostiene, custodia, enmarca. No aplasta ni domina, sino que protege el misterio que acontece. Es una imagen elocuente para una ciudad que se sabe patrimonio, herencia recibida y tarea por cumplir. La comunión no se impone: se custodia. Se cuida como se cuida un casco histórico, una tradición viva, una memoria compartida. Reconstruir la comunión —he ahí la clave cuaresmal— es aprender a sostener al otro sin apropiárselo, a acompañar sin sustituir.
Las torres de la Concepción y de la Catedral emergen como testigos. No son simples referencias arquitectónicas; son símbolos de una verticalidad que recuerda a la ciudad su vocación trascendente. La fe, cuando es auténtica, no nos encierra en la sacristía ni nos evade de la plaza pública; nos enseña a mirar más alto para vivir más hondamente lo cotidiano. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Esa ley evangélica no es solo agrícola: es urbana, social, histórica.
La copa eucarística que aparece en la parte inferior de la composición une cielo y tierra. En ella se concentra la paradoja cristiana: lo pequeño contiene lo infinito, lo frágil se vuelve eterno. La ciudad entera parece reflejarse bajo ese cáliz, como si se recordara que la verdadera reconstrucción no empieza por las fachadas, sino por el corazón compartido. Allí donde se parte el pan, se rehace la comunidad.
La Cuaresma, entonces, no es un tiempo sombrío, sino una pedagogía de la lucidez. Nos invita a reconocer las grietas —personales y colectivas— para permitir que la gracia las atraviese. Cristo padece en las fracturas de nuestras relaciones; muere en nuestras indiferencias; pero resucita cada vez que la reconciliación se hace posible, cada vez que alguien decide perdonar, escuchar, tender la mano. “Mirad que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5): la promesa no es futura solamente; es dinámica, permanente.
La Semana Santa en La Laguna no es un paréntesis estético ni una tradición repetida por inercia. Es la actualización de un misterio que acontece en las calles, en las familias, en los silencios y en las conversaciones. Donde dos o tres se reúnen en su nombre, allí está Él (cf. Mt 18,20). Y si está en medio, la ciudad no es solo un espacio urbano, sino un cuerpo vivo que aprende a latir al ritmo del Evangelio.
Tal vez por eso esta imagen conmueve sin estridencias. Porque nos recuerda que la Pasión no es el final, sino el tránsito. Que la cruz, en el centro del escudo, no humilla la identidad lagunera, sino que la ennoblece. Que la resurrección no es un hecho aislado del pasado, sino una posibilidad cotidiana. En cada gesto de comunión reconstruida, en cada vínculo restaurado, Cristo vuelve a pasar por nuestras calles. Y la ciudad, sin dejar de ser la misma, se descubre siempre nueva.
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