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ALEGRÍA Y FIESTA (02/08/2014): "FIESTA EN LA ESPERANZA"


¡Qué suerte tienen -queridos hermanos- de tener por titular y patrona a la Madre de Jesús en esta advocación hermosa de la Virgen de la Esperanza! ¡Virgen de la virtud firme y fuerte de la Esperanza que, junto con la fe y la caridad, ilustran la identidad de todos los bautizados! ¡Qué suerte tienen, hermanos!

Queridos hermanos sacerdotes. Estimadas autoridades presentes con nosotros en esta celebración de la Eucaristía. Hermanos y hermanas en el Señor.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de necesidad. De la necesidad de pan. Pero detrás de ellos nos habla de otras necesidades humanas; de otros anhelos de nuestro corazón. Somos seres necesitados. Necesitamos que nos cuiden de pequeños y de mayores: no nos valemos en muchos momentos de nuestra vida por nosotros mismos. Necesitamos que nos eduque, que nos enseñen, que nos explique…: no somos capaces de aprender por nosotros mismos en todos los momentos de nuestra vida. Somos seres necesitados. Necesitamos el aire para respirar, el agua para beber, el alimento para subsistir. No nos valemos por nosotros mismos.

Y en esto estamos bien hechos. Dios nos ha creado para convivir, no sólo para vivir. No existimos en soledad, sino en comunión. Así es Dios, comunión de personas; así es la Iglesia comunión de vida y de misión; así es la humanidad, llamada a la comunión y la unidad.

De todas las necesidades que nos habitan, las más importantes y decisivas no son la vitales; esas que consisten en comer, beber y respirar. Tenemos necesidades afectivas: necesitamos amar y ser amados. Todos tenemos experiencia del daño que se causa a los niños que nacen y crecen en ambientes tóxicos cargados de desamor, de rencores, rabias y riñas. Necesitamos que nos quieran.

Necesitamos, además, sentido y esperanza en la vida. No andamos bien si no sabemos hacia dónde andamos, hacia dónde vamos. Necesitamos descubrir el sentido de la vida. Por eso, tenemos también necesidad de trascendencia y sentido. Necesitamos vida espiritual. Aunque parezca lo contrario, que podemos organizar la vida como si Dios no existiera, esa certeza es una falacia, una falsedad antropológica radical. Necesitamos a Dios.

Y aquí acontece la salvación; aquí ocurre el don de la Revelación. Cristo, el Señor, el hijo de María, la Virgen, nuestra patrona: Jesucristo es el Hijo de Dios; es Dios con nosotros. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo, para que el mundo tenga vida y vida abundante. Dios se ha hecho presente en Cristo Jesús, Nuestro Señor. Jesús es el camino, la verdad y la vida; es el sentido, es la dirección. Es lo que necesita nuestro corazón que le anhela.

Celebrar la fiesta de la Madre es reconocer la necesidad del Hijo. María nos muestra el camino para encontrar a Jesús. Ella es nuestra Esperanza. Como cuando caminamos sin rumbo y perdidos y, de repente, encontramos una señal que nos indica el camino. Así es María: esa señal en el camino que nos llena de esperanza y nos acerca al Camino, la Verdad y la Vida; a su hijo, Nuestro Señor.

María no es sólo la Virgen de la Espera. Es la Virgen de la Esperanza. No nos enseña a esperar con los brazos cruzados a que ocurra la solución a nuestras necesidades y a las necesidades de los demás; ella nos enseña a buscar con la creatividad de la esperanza, hurgando en los nidos de los problemas las posibles soluciones. Nos da fuerza porque nos da esperanza. Quien espera, no construye; la construcción la genera una vida empapada en esperanza.

Tener fe es un don y una tarea. Amar es un don y una tarea. Así es también la Esperanza: un don de Dios y una tarea nuestra.

No podemos ser cristianos desesperanzados. No nos puede ganar la partida la desilusión y la desesperanza. No podemos ser la queja permanente por todo lo que ocurre, como si no tuviéramos motivo para la esperanza. No podemos ser de los que apagan la luz de los demás y derraman agua sobre las brazas de las ilusiones de los demás. Tristes por todo, cansados de todo, críticos con todo, sin motivos para nada… Hemos de ser testigos de la Esperanza. Dios nos ha regalado, al llegar la plenitud de los tiempos, a su Hijo Jesucristo, nacido de la Virgen Madre, como medio para alcanzar el sentido y la salvación. Cristo es salvación. Cristo es salud. Cristo es nuestra Esperanza. Cristo es la Esperanza de la Virgen.

Eucaristía es acción de gracias. ¿Cómo podemos dar gracias por algo que no nos haga bien y llene de alegría? Evangelio es Buena Noticia. ¿Cómo no vamos a tener Esperanza si hemos conocido una noticia definitiva, trascendente, de sentido, que nos llena de Esperanza?

No se necesitan discípulos que miren a Jesús y le digan “Llevan el día con nosotros. Están cansados y tienen hambre. No tenemos nada. Hay mucha gente. Que se vayan para su casa…” Discípulos temerosos y sin esperanza en la fuerza de Cristo. Apagados. Cansados. Desilusionados. Desconfiados.

Lo mismo que Cristo toma lo poco que tenían y multiplica el bien; así también, la Esperanza en Cristo es capaz de generar el milagro de la fraternidad y de la solidaridad. Es capaz de romper el techo de lo imaginable y realizar el milagro.

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María, Madre y Señora, Virgen de la Esperanza. No te canses de interceder a favor de nuestra pobre condición y tantas veces desesperada situación. Creemos en Cristo, tu Hijo y Señor Nuestro, Señor de la vida y de la historia, verdad eterna que nos muestra el sentido y dirección de nuestra vida. Mantennos en Él. Anima nuestra Esperanza, Fortalece nuestra Esperanza, Sostennos en la Esperanza. Santa Virgen de la Esperanza; ruega por nosotros.

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